Beat the Beat: Rhythm Paradise

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Que el ritmo no pare

Escondido tras una vorágine de títulos donde la trama y el trasfondo juegan un papel fundamental, donde los objetivos siguen una elaborada línea argumental, donde la princesa te grita desesperadamente que la rescates y el planeta agoniza bajo una despiadada invasión, se encuentra la más pura mecánica. Y en un rincón, escondida entre todas esas obras, sobresale Rhythm Paradise: la saga de videojuegos en la que no tienes una misión concreta ni los acontecimientos te encaminan por senderos inexplorados, simplemente sigues el ritmo porque es lo que mola.

rhythmwii-03Los videojuegos rítmicos, desde la irrupción del primitivo PaRappa the Rapper (NanaOn-Sha, 1998), han conseguido implantarse de forma consistente y gradual en cualquier catálogo de videojuegos, y entre ellos, entre toneladas de Guitar Heros y Just Dances, subsiste la saga de Nintendo. El universo absurdo, cursi e imaginativo ideado por Kazuyoshi Osawa y diseñado por Yoshio Sakamoto (muy guapos en las fotos) junto con su equipo de WarioWare se erigió varios palmos sobre la competencia desde su primera entrega, Rhythm Tengoku (Nintendo SPD, 2006), para Game Boy Advance y en exclusiva para Japón. Todo el juego orbitaba en torno al mismo concepto: seguir el ritmo, estar atento a las variaciones, mejorar continuamente y disfrutar como cochino en charco. Un par de años más tarde se editó la segunda entrega, la primera que llegó a occidente: Rhythm Paradise (Nintendo SPD, 2009). Los inputs táctiles sustituyeron al manejo mediante botones, aportando un nuevo control más interactivo aunque un pelín menos preciso, lo cual no impidió que resultase en uno de los videojuegos más divertidos y adictivos de todo el catálogo de Nintendo DS.

Y tras este logrado aunque breve legado, llegó Beat the Beat: Rhythm Paradise (Nintendo SPD) a Wii en 2012. Hubo algunos temores a que el control fuese por movimiento, aunque por suerte la noticia fue halagüeña: Rhythm Paradise volvía a los orígenes, al control por medio de pulsaciones. Una decisión totalmente entendible y necesaria, ya que apostar por seguir el ritmo agitando los brazos como los gorilas de Melody hubiera generado inmensos problemas de precisión y un torrente de cartas bomba al pobre de Sakamoto. Porque en Rhythm Paradise no vale hacerlo bien, hay que clavarlo, hay que sentir un control absoluto para que la fórmula funcione, sin lugar a las imprecisiones y al caprichoso detector de movimientos de Wii. Nintendo optó por simplificar al máximo el control, de forma que todos los juegos usan simplemente el botón A y, en algunos casos, también la combinación A+B. Si lo hacen más sencillo se maneja solo.

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El esquema de juego se mantiene inalterable: una serie de minijuegos rítmicos sin ningún nexo que los interrelacione y que han de ser superados uno tras otro, hasta un total de cincuenta (diez de ellos remixes, y doce segundas partes). Cada uno con sus reglas y pautas, su tempo, su forma de mantenerte alerta o de tratar de despistarte. En algunos se requiere mantener un ritmo constante con algunas variaciones puntuales; en otros casos tendremos que repetir el patrón que nos diga el juego en su debido momento, al más puro estilo Simón; y en otros cualquier chorrada loca que se les ocurra o combinación de las mismas. Siempre acompañados de un apoyo visual tan colorista como irresistible que, a pesar de su utilidad en ciertas ocasiones, no debe distraer al sentido estrella y protagonista. ¿El sentido del ritmo? Pues no, listillos, que eso no es un sentido de verdad. Estamos hablando del oído.

rhythmwii-05Más que recomendable, se podría decir que es imperativo despejar nuestras orejas de cualquier rastro de cera antes de encarar un juego como éste. No sólo por lo disfrutables que pueden llegar a ser las melodías de Tsunku, que serán analizadas más adelante, sino porque es necesario sumergirse en la música, en cada compás, en cada golpe de percusión. Y no, no hace falta tener ni pajolera idea de solfeo (aunque algo ayudará, digo yo), pero sí prestar mucha atención y practicar lo suficiente, adentrándonos en los insondables misterios del ritmo y así, sin necesidad de comprenderlos bien, sepamos marcarnos un contratiempo de lujo, un rap que corte el aliento o una bossa nova que quite el sentío.

Uno de los aspectos más favorecedores de Beat the Beat –y de toda la saga– es la rotunda desconexión entre lo que vemos por la pantalla y lo que nos llega por el pabellón auditivo. La bossa nova de antes podría sonar sensual, hasta con un toque erótico, pero sólo veremos un par de monigotes jugando al vóleibol. O a una bandada de pajarracos rosas caminar con disciplina militar mientras suena una animada sinfonía con aires de j-pop, o a un luchador hinchable vérselas y deseárselas con un saco de boxeo a ritmo de rock, o un grupo de cerdos celebrando una reunión empresarial mientras dan vueltas con sus sillas giratorias. Cada minijuego sucede en su propio universo y tiene su propio objetivo desconectado del resto y desprovisto de justificación. Da igual que estemos jugando al golf con dos simpáticos micos o bailando claqué con gigantes, sólo será una representación visual. De hecho, todos los minijuegos se podrían jugar con los ojos cerrados.

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Mientras tratamos de superar cada reto no tendremos a nuestra disposición ningún tipo de marcador que nos dé una pista de qué tal lo estamos haciendo. Tampoco veremos indicadores de puntuación ni palabrejas surgiendo de la nada. La única forma de saber si estamos acertados es atender a las animaciones en pantalla, que nos dirán para cada input si lo hemos hecho bien, medio bien o mal. Al final de cada prueba se nos evaluará: si no hemos estado lo suficientemente finos se nos instará a repetir la prueba, si nuestra ejecución ha sido aceptable simplemente avanzaremos al siguiente juego, y si lo hemos bordado sumaremos una medalla a nuestro haber.

rhythmwii-10Y es que Beat the Beat: Rhythm Paradise escalona la dificultad de forma simple pero altamente efectiva. Uno podría conformarse con llegar al final, pero a otro jugador, algo más curtidillo, puede parecerle algo trivial; entonces entran en juego las medallas: se obtienen al completar los minijuegos cometiendo pocos fallos y ofrecen un grado de satisfacción superior para aquellos que buscan cierto desafío. Pero la cosa no queda ahí, y aparecen los perfectos: el juego te desafía a completar los minijuegos sin cometer el más mínimo error, y aquí es donde sudan tinta todos aquellos que van de sobrados porque han dado clases de salsa con sus parejas y piensan que el ritmo ya no tiene secretos para ellos. Sólo se puede optar a un perfecto cuando el juego quiera y en la prueba que el juego quiera –eso sí, nos da tres intentos–, y la frecuencia de estas oportunidades está en estrecha relación con el número de medallas acumuladas. Vamos, todo igual que en los anteriores juegos de la franquicia.

Porque si de algo se le puede acusar a este Beat the Beat es de ser terriblemente conservador con respecto a sus predecesores. Mismo esquema, misma filosofía, mismo escalonamiento del desafío y mismo buen gusto en casi todo lo que ofrece. No está mal para una saga que hace acto de aparición una vez cada tres años, cierto, pero el salto a la sobremesa podría haber traído más novedades. Se nota el esfuerzo en mejorar las animaciones, en incluir más detalles y gracietas considerando que habrá espectadores mirando la tele del salón además del propio jugador; pero en otros aspectos, como en el multijugador, se han quedado muy cortos. Incluir ocho versiones cooperativas de minijuegos ya incluidos en el modo principal no ofrece una alternativa de juego real, además de que pueden ser superados fácilmente con un wiimote en cada mano (a falta de amigos, buena es la coordinación).

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¿Y qué hay de la calidad de los minijuegos? ¿Son capaces de aportar novedades dentro de una premisa tan sencilla? Pues sí… aunque sólo en parte. Es inevitable que los jugadores familiarizados con esta saga de videojuegos no se sorprendan de la misma forma que lo hicieron con su primer contacto con el paraíso del ritmo, pero desde Nintendo han sabido aportar frescura y algunos desafíos novedosos. De hecho, se nota que se ha tenido en cuenta al público fiel, al que ya conoce y ha superado las entregas anteriores, puesto que la dificultad de la saga sigue in crescendo y alcanzando nuevos picos con esta entrega de Wii. Por la parte negativa, es inevitable sentir algún que otro deja vu.

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Los extras continúan siendo una parte muy cuidada en la saga rítmica de Nintendo por antonomasia. Los juguetes rítmicos permiten matar el rato trasteando con los botones, y con los juegos sin fin se busca alcanzar la mayor puntuación posible al más puro estilo arcade. También está de vuelta el bar, desde donde podemos conversar con el simpático camarero –que nos ayudará a saltarnos algún nivel que se nos atragante–, o leer/escuchar el contenido que iremos desbloqueando al conseguir esos condenados perfectos, que irremediablemente acabamos persiguiendo. Porque al final el juego nos empuja a superarnos, a buscar el 100% y a alcanzar objetivos que antes parecían imposibles. Y ahí nos quedamos, sin parpadear, buscando el equilibrio exacto entre concentración y relajación, tratando de memorizar cada patrón y cada variación, con todos los sentidos sincopados y pensando que cualquier día podríamos sustituir al batería de Red Hot Chili Peppers. Y esto pasa por una simple razón: nos lo estamos pasando teta sumergidos en una orgía rítmica (y no sólo con la bossa nova).

rhythmwii-09El estilo visual de Beat the Beat es muy simple: dibujos animados con colores planos, trazos gruesos y movimientos sencillos; pero no necesita nada más para enamorar. Cada personaje, cada bicho indescriptible y cada simio –porque en este juego hay más monos que en Ape Escape (SCEI, 1999)– luce encantador y achuchable. A veces es imposible no distraerse con las animaciones, o soltar una carcajada cuando hacemos el ridículo. Todo resulta atractivo, desde el diseño de la interfaz hasta el último fondo minimalista. Mención especial merecen los remixes, donde los personajes de los minijuegos aparecen disfrazados o caracterizados de maneras estrambóticas y risibles. Todo un ejemplo de cómo conseguir un resultado visual altamente satisfactorio con cuatro garabatos bien colocados. Sencillez bien comprendida.

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Como no podía ser de otra forma, el aspecto sonoro está exquisitamente trabajado, con un buen montón de personal dedicado a la tarea de juntar notas. Tsunku y su andrógina belleza continúan aportando pegadizos temas vocales a la franquicia, con la calidad acostumbrada y adaptándose al esquema jugable perfectamente. Todas las canciones funcionan por sí mismas, pero es la simbiosis entre imagen y sonido la que consigue dejarnos boquiabiertos. Cualquiera de ellas sería un ejemplo perfecto, pero hay que elegir una y os dejamos con Tonight. Nótese que esta vez no hay voces en español –los textos sí, todos–, pero en la versión europea han incluido la opción de oírlo todo en japonés.

En definitiva, Rhythm Paradise es una delicia visual y sonora, y si se lo hubieran propuesto, también olfativa. Sus mecánicas, inalterables entrega tras entrega con la salvedad de las variaciones en el control, funcionan a las mil maravillas. Beat the Beat no aporta novedades reseñables, pero sus sutiles mejoras en todos los aspectos lo convierten en el mejor de la saga, en el más trabajado y en el más desafiante. Habrá quien le quiera poner la etiqueta de “juego casual”, ya sea peyorativamente o por tratar de hacer más caja, pero Rhythm Paradise tiene contenidos para hacer disfrutar tanto a jugadores veteranos como a noveles. Con la irrupción de 3DS y Wii U, los colmillos vuelven a estar afilados a la espera de otra nueva entrega que devorar de aquí a un par de años, si hacemos caso a la frecuencia en que han ido publicando. Con Rhythm Paradise nunca estamos saciados, siempre queremos más. Que no pare el ritmo.

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Artículo publicado originalmente el 05/12/2013 en Pixel Busters

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