Un mundo infeliz

mundoinfeliz-01El salvaje, retrojugador nativo, reposaba tranquilamente en su reserva cuando un par de individuos de extraña vestimenta invadieron su apacible habitáculo. Uno de ellos se apoyó en la pared donde yacía colgado un póster del Capitán Falcon y comenzó a hablar en términos casi ininteligibles. El salvaje, no obstante, alcanzó a entender las palabras suficientes para comprender que tendría que abandonar sus anticuadas costumbres y acompañarles a conocer el feliz mundo de los nuevos videojuegos.

En el intervalo de tiempo que duró su viaje sin retorno al mundo civilizado escuchó algunas palabras que fueron nuevas para él. Al parecer, los usuarios de videojuegos actuales se etiquetaban en dos grandes grupos: “hardcore” y “casual”. Durante toda su vida, el salvaje se había encontrado con videojuegos destinados a diferentes públicos, sin embargo jamás había tenido la necesidad de etiquetar productos ni usuarios, tan sólo diferenciar los buenos videojuegos de los que no lo eran tanto. Sin dejar de sorprenderse y preguntarse cuántas maravillas se habría perdido, el salvaje y sus acompañantes llegaron a la fértil tierra del videojuego contemporáneo.

El primer contacto del salvaje con este nuevo y superpoblado entorno videojueguil fue como la primera vez que agarró un mando. De hecho, tuvo que reeducar otra vez sus manos para adecuarlas a esa forma tan estrafalaria aunque indiscutiblemente confortable. ¿Por qué no había mandos como estos en su reserva? Cuando vio en funcionamiento algunos de aquellos prodigios tecnológicos perdió de inmediato la capacidad de parpadear. ¿Era posible? ¿Cómo habían conseguido recrear de una manera tan realista la segunda guerra mundial, el espacio exterior o esa tierra fantástica llena de demonios y dragones? También advirtió que cada cierto tiempo la acción se detenía mostrando un mensaje: “Loading… Please Wait”. Parecía tan sólo una pequeña contraprestación ante tal poderío tecnológico, pero le hizo pensar. ¿Es posible que esto no sea necesariamente mejor que lo que ya teníamos?

mundoinfeliz-02

Sus dudas se ampliaron conforme profundizaba más y más en los entresijos del mundillo. Las ventajas del uso de DVDs y demás dispositivos ópticos no compensaban su escasa fiabilidad y sus tiempos de carga. Todavía recordaba aquellas eternas esperas con su Amstrad CPC. ¿Aún no se había erradicado la lacra de hacer esperar al jugador? ¡Si hace unas décadas parecía estar más que controlado! Por extraño que pudiera parecerle al salvaje, ésta iba a ser la menor de sus desagradables sorpresas.

El salvaje descubrió que el mundillo ya no era un pequeño hervidero latente. El monstruo se había despertado y se había convertido en una poderosa industria que no deja nada al azar. El éxito era dinero; y el talento, la capacidad de hacer más dinero. Al menos se podía decir que daba trabajo a muchas personas atendiendo a los interminables créditos de videojuegos como Assassin’s Creed. No obstante, hubo algo que logró enfurecer al salvaje: los llamados DLCs. Le parecía increíble que la comunidad de jugadores hubiese aceptado tan ricamente comprar juegos incompletos o directamente capados. Incluso llegó a ver cómo se vendían complementos destinados básicamente a facilitar la consecución de los objetivos del título. ¿Dónde había quedado ese desafío indómito? ¿Por qué era necesario que cualquier jugador pudiera completar un juego? Era evidente que los videojuegos contemporáneos tenían una dificultad menor y en muchos casos era un mero trámite terminarlos. El salvaje pensó en las tardes que le dedicó a Jet Set Willy, divirtiéndose sin aspirar ni por asomo a completarlo. Terminar un juego era muchas veces motivo de orgullo propio y envidia ajena, no una obligación. Fuera de la reserva los títulos que encontró que se ajustaran a ello podían contarse con los dedos de una mano.

Ciertamente molesto, salió a la calle en busca de respuestas, para lo cual buscó con ahínco algún templo sagrado, una de esas pequeñas fortificaciones donde los jugadores dan rienda suelta a sus vicios y donde se forjan intensas relaciones basadas en la cooperación y la competición. El salvaje buscaba un salón recreativo. Tras dar vueltas como un loco, se decidió a preguntar a los transeúntes intentando disimular su angustia. Cuando comprendió que lo que buscaba no solamente ya no existía, sino que nadie lo echaba de menos, su rabia se convirtió en tristeza. Sin ganas de nada, volvió a su casa y se encerró en su cuarto. Intentó distraerse viendo un capítulo de la más reciente temporada de Los Simpson, pero el resultado fue incluso peor. Vencido por la impotencia, se quedó dormido.

mundoinfeliz-03

Al día siguiente, el salvaje se levantó de mejor humor. Empezó a ver que, aunque no pudieran verse unos a otros, la comunidad de jugadores se mantenía en contacto mediante redes globales en las que se retaban y con la que compartían toda clase de impresiones. Nunca lograría compensar la falta de calor humano, pero entendió que tenía sus ventajas. El conflicto interior del salvaje era abrumador: seguía prefiriendo su vida en la reserva, pero tampoco era capaz de explicar el porqué. No le gustaba que la falta de desafío se compensara con insulsos modos de dificultad que sólo modificaban la vitalidad de los enemigos y algún que otro parámetro, y tampoco que muchos videojuegos tuvieran más de película que de juego, dando la sensación de que no saben con qué entretenerte mientras te cuentan una historia. Eso lo tenía claro, pero no se podía decir que no disfrutase con las magníficas ambientaciones y las nuevas formas de control. El salvaje alucinaba con eso de poder jugar con una pantalla táctil.

Y así pasaron los años. El salvaje se adaptó a la moderna sociedad jugona como uno más. Tuvo que hacerlo. Nunca dejó de lado sus juegos y videoconsolas retro, a los que acudía cada vez que necesitaba un desafío áspero, desquiciante y satisfactorio. Ocasionalmente usaba los cascos para jugar on-line o se preparaba unas palomitas para disfrutar de la enésima entrega peliculera de cualquiera de las más aclamadas superproducciones videojueguiles. No tenía sentido vivir arrebujado en su desmedida pasión por lo pasado de moda. Vivió feliz en el mundo feliz, donde el soma son los grandes alardes gráficos y las campañas de marketing el nuevo plan de condicionamiento mental. El salvaje disimuló y se auntoconvenció, aunque inevitablemente y de forma periódica atraviesa esa extraña fase en la que vuelve a no verle sentido a nada y a desear con todo su corazón volver a la reserva de la que salió.

Artículo publicado originalmente el 08/10/2013 en Pixel Busters

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s