La cosa más hermosa

lacosa-introNo hay nada más hermoso que el paso del tiempo. Si el que escribe este texto hubiera podido disfrutar de una existencia meramente contemplativa, apostado sobre la repisa de una ventana que diera a un parque, una plaza, un mercado o cualquier otra zona donde el trasiego de personas sea una constante, se habría podido alimentar con la mera admiración de su devastadora marcha triunfal. Cual afilador, el tiempo pule arrugas en manos y frente, elimina las rebabas fruto del comportamiento impetuoso de la juventud y lima las heridas y yagas producto del incesante batallar. El tiempo es el verbo que mueve el mundo, que genera los ciclos y los cambios y lo somete a su voluntad. Gracias a él todo es provisional.

Aunque el tiempo es infinito, o se disfraza de tal, a nosotros, vulgares mortales, sólo se nos permite catar una mísera parte de su grandeza. A pesar de esta limitación, algunos prohombres consiguieron alzar la vista hacia el pasado y describirlo con cierta minuciosidad. Y ya sean los modos de vida de antiguas civilizaciones o la creación de las galaxias y los sistemas planetarios, todo queda tan alejado de nuestro intrascendente segmento temporal que cuesta horrores imaginar cómo sería estar asomado a una ventana (real o imaginaria) viendo suceder todo eso. No somos eternos ni podemos dedicarnos por completo a tareas contemplativas, y es una pena, porque tenemos a nuestra disposición –gracias al invaluable legado que nos dejaron nuestros antepasados– una oferta cultural tan amplia que tardaríamos una eternidad en cubrir.

Es algo que hay que asumir: nuestro tiempo acabará antes de que podamos abarcar todo lo que desearíamos. De hecho, muy pobremente se llega a alcanzar la madurez necesaria para aplacar el deseo y controlar aquellas metanecesidades de las que nos hablaba Soquam la semana pasada. Siendo así de imperfectos, de manipulables, ¿cuál es la forma óptima de organizar nuestro paso por este mundo? Por supuesto, una pregunta así requiere una respuesta diferente para cada individuo. Los clásicos de la literatura, la música o el cine están ahí, disponibles, esperando ocupar una porción de nuestro preciado tiempo de ocio, y la selección es siempre personal y dolorosa. Los que hemos decidido que los videojuegos ocupen una parte importante de nuestro tiempo tenemos la incierta suerte de estar ante un entorno cultural novedoso y joven, donde los exponentes que han llegado a merecerse el apelativo de clásico no son tantos. No obstante, sufrimos más que nadie el bombardeo publicitario: todos los productos se visten de forma irresistible. Los atropellos de información y las expectativas desmesuradas son el santo y seña para llegar nuestro corazón y a nuestro bolsillo. Y aunque pudiera parecerlo, no todo son maniobras de mercadotecnia.

No hay nada más hermoso que una agradable charla sobre videojuegos. La comunidad de jugadores, otrora malmirada, ahora es uno de los motores económicos más importantes de la industria cultural. Y aun con las costosas campañas publicitarias, nada funciona mejor que la recomendación de un compañero de fatigas durante un distendido parloteo sobre ocio electrónico. Así, uno tras otro, vamos acumulando títulos por jugar. Títulos necesarios, sagas imprescindibles, juegos que cambiaron el mundillo y obras revolucionarias. Y, por si fuera poco, grandes videojuegos de nicho, incomprendidos, de culto, oscuros e igualmente obligatorios. La lista de nuestra vergüenza. Es muy fácil convertir una oferta tan amplia y rica en algo negativo, incluso nocivo. La ansiedad se hace dueña de nosotros, y cuando una nueva generación pide paso siempre nos pilla enfangados, sin saber muy bien cómo organizarnos para dar por completada la actual. Quisiéramos aguantar el empuje, aplazar el cambio. Detener el paso del tiempo.

Cuando somos presa de la ansiedad hasta las cosas más indudablemente valiosas nos llegan a parecer molestas. Con la vaga intención (y la tonta ilusión) de abarcar todo lo necesario, hemos devorado videojuegos como si fuéramos pirañas. Y aun así no tuvimos tiempo para jugar a ese videojuego del que acaban de sacar su secuela. Entonces lo aplazamos indefinidamente mientras nuevas entregas van engordando nuestra to-do list hasta hacerla inmanejable. Llegamos a comprender muy pronto que hay que dejar pasar títulos que querríamos jugar, pero hay algo aún más difícil, una verdadera transformación: comprender que el videojuego con el que hemos decidido pasar nuestro tiempo no nos está robando el tiempo de otro, que atrancarnos con él unos minutos (o unas semanas) no es un drama sino una experiencia necesaria, y que si una vez terminado el cuerpo nos pide más, pues se rejuega.

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No se puede luchar contra el paso del tiempo. Por lo tanto, es un error tratar de completar videojuegos lo más rápido posible con la intención de no perder el tren de la actualidad. Vivir con pasión esta afición es tanto haberse pasado todos los candidatos a GOTY como no poder parar de ver el vídeo del japonés que toca el Overworld de Super Mario Bros. (Nintendo, 1987) con un theremin. Engullir revistas, compartir opiniones o quedarse embobado con uno de esos vilipendiados let’s play es una parte importante de nuestra interacción con el mundillo. Puede que la actualidad mande en la prensa y los blogs y que el periodismo videojueguil se nutra de ella como no puede ni debe ser de otra manera, pero al usuario no le tienen que interesar más los sutiles cambios de Tomb Raider (Crystal Dynamics, 2013) en PS4 que un buen repaso al catálogo de MSX o TurboGrafx. Que el tiempo pase, que es lo que tiene que hacer. Que las obras pendientes se acumulen, que los juegos nos consuman el tiempo que crean oportuno mientras otros se tengan que quedar esperando su momento. Un momento que quizás no llegue nunca. ¿Y qué?, no hay ningún problema en ello. No hay nada más hermoso que una interminable lista de juegos por jugar.

Artículo publicado originalmente el 21/02/2014 en Pixel Busters

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