Endless Ocean

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‘Gimnopédie’ acuática

Entre las cosas más saludables que puede hacer el usuario habitual de videojuegos, ése que empieza uno en cuanto termina otro, como el que se enciende un cigarro con la colilla aún incandescente del que acaba de consumir, está acercarse a propuestas que, en principio, no parecen destinadas a él. Endless Ocean (Arika, 2007) puede ser ese juego apestado, propio de casual gamers, al que jamás te arrimarías ni para insultarle; o bien puede ser ese elemento desintoxicador que, entre triple A y triple A, te haga redescubrir que los videojuegos pueden ser una cosa sencilla y agradable, sin mayores pretensiones. Lo que se propone al jugador no es que se desvíe de su camino. Endless Ocean ni siquiera es un sopapo a nuestros prejuicios, y no lo es porque tampoco tiene argumentos para serlo. Todas las críticas negativas que se le han realizado tienen buenas razones que las respaldan, pero si somos sinceros, aquél que no se haya dejado llevar ocasionalmente por sus cantos de sirena, o no tiene corazón, o miente como un bellaco. «Siéntate y agarra el wiimote, no te voy a pedir mucho más», parece decirnos nada más arrancar, y la verdad, no se puede decir que no lo cumpla.

Arika no inició nada nuevo con Endless Ocean. La compañía japonesa fundada por extrabajadores de Capcom se limitó a prolongar lo ofrecido con Everblue (Arika, 2002) y Everblue 2 (Arika, 2003), ambos exclusivos de PlayStation 2. Aunque desapercibidos, los Everblue permitieron que Nintendo se fijara en ellos y les encargara la creación de una secuela espiritual, conservando todo su carácter aunque adaptando el control al mando de Wii. Así, y tras el amable recibimiento de un público ávido de propuestas ligeras y de las típicas mandangas con las que Nintendo pensaba que iba a dominar el mundo la pasada generación, Arika se mantiene pegada a la de Kioto, para la que desarrolló una secuela, Endless Ocean 2: Aventuras bajo el mar (Arika, 2010), y un montón de versiones ‘3D Classic’ de juegos de NES para 3DS. Quizá pensaron que cuatro juegos de bucear ya son más que suficientes, porque desde Endless Ocean 2 no se ha vuelto a oír hablar de ninguna entrega futurible, y tampoco parece que exista una demanda sólida. Endless Ocean surgió en medio del boom de los títulos destinados a los no habituados a los videojuegos, pero eso no significa que no tenga nada que ofrecer al jugador tradicional.


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Un barco, una chica y ningún mirón a muchos kilómetros a la redonda. Clima cálido, tropical. El mar de Manaurai es el sitio: un paradisiaco ecosistema marino lleno de corales, galerías subacuáticas y bonitas y coloridas especies marinas nadando en armonía. Podría ser el sitio perfecto para que dos seres humanos den rienda suelta a sus bajos instintos, pero no, a ti (el personaje que controlamos es configurable, e incluso podemos elegir el sexo) y a Catherine Sunday os apasiona el mar y sólo el mar. La relación de ambos con la región ficticia de Manaurai y los distintos entornos acuáticos se va reforzando conforme pasan las horas, revelando su grandeza poco a poco. Tal como sucede en El gran azul (1988), el espectador/jugador acaba comprendiendo que el único y verdadero amor de los personajes es el mar. El trasfondo, ciertos acontecimientos pasados y algunos descubrimientos asombrosos irán destapando poco a poco un hilo narrativo conductor que apenas se vislumbra hasta bien avanzada la partida, pero que une con eficacia varios cabos sueltos y, por supuesto, sirve para dar un cierre llegado el momento.

endlessocean-04Más allá de remilgos y traumas infantiles, Endless Ocean va sobre bucear, explorar y, sobre todo, relajarse. No hay presión, límite de tiempo ni nada que impida ir siempre a nuestro rollo. Nos sumergimos, apuntamos a la pantalla con el wiimote y a disfrutar del mar. Nuestro personaje es nuestro vehículo: con el botón B avanzamos hacia la posición del cursor y con el botón A podemos fijarnos en las distintas especies o en ciertos detalles puntuales. No se necesita nada más porque su propuesta es esa. Endless Ocean está más cerca del entorno interactivo virtual que del videojuego puramente lúdico, pero a su modo, su pretensión puede llegar a buen puerto siempre y cuando el jugador ponga de su parte. Se requiere supresión de la realidad y una buena dosis de voluntad para que la inmersión en Manaurai no sea sólo la de nuestro avatar, y entremos junto a él en las cálidas aguas, olvidándonos de todos nuestros fútiles problemas, de los deberes que nos agobian, del jefe tocapelotas o del maldito niño que las ha vuelto a suspender todas. Endless Ocean aspira a ser ese refugio sagrado donde los problemas no pueden entrar, y si llega a conseguirlo, aunque sea en parte, es debido sin duda a su apartado artístico. Pero, ¡eh!, ya llegaremos a ello, todo a su tiempo.

endlessocean-03Para disfrutar de Endless Ocean ni siquiera hace falta un objetivo claro. Deambular por el fondo marino hacia ningún lado o quedarse embobado viendo las velocidades que son capaces de coger las tortugas marinas es más que suficiente para que el juego de Arika logre su meta. No obstante, continuamente se nos van proponiendo acciones concretas, algunas relacionadas con el avance de la trama y otras muy secundarias que estará en nuestra mano desechar. Uno de los principales problemas de los que adolece la obra es lo reducido de su mapeado, que se agota demasiado pronto a pesar del puñado de zonas anexas independientes. La exploración cercenada por barreras es siempre menos exploración, y nuestra cartografía pronto se ve reducida a un entorno mucho menos abrumador de lo que parecía a primera vista.


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Desde la cabina del barco, nuestro centro de operaciones, podemos situarnos en cualquier punto del mapa y explorarlo a placer. En todos los rincones hay especies por descubrir –el juego recoge más de doscientas, seleccionadas de todas las partes del mundo– o tesoros que recoger. Se nos propone interactuar con los animales de distintas formas, alimentándolos, toqueteándolos, haciendo sonar un silbato o… dibujando líneas en el agua con un rotulador. A pesar del tono realista que se intenta transmitir, el título está salpicado por todas partes de aspectos y momentos que, o bien no se sabe qué se busca con ellos, o bien son completamente ridículos. El juego falla estrepitosamente en todo lo que no sea estar sumergido y relajado entre bichos acuáticos. Hacernos amigos de los delfines y entrenarlos, desbloquear peinados y bañadores canis o visitar al oso polar (¡POLAR!) que a veces se sube a la popa de nuestro velero son sólo unos pocos ejemplos de cómo el juego intenta expandirse, tratando de ofrecer un tipo de contenido en el que se nota que ni los desarrolladores creían.

endlessocean-06En otras circunstancias y con otro contexto, muchas de estas cosas absurdas, propias de videojuegos muy conscientes de lo que son, no tendrían tanta importancia, pero con Endless Ocean tienen un cariz diferente. Todo el aspecto visual busca el realismo, tratando de engañar a los sentidos con efectos de luz y mucho azul para que de verdad sintamos que estamos descubriendo Manaurai, bajando a los inmensos abismos donde reposan los huesos de miles de ballenas o haciendo zoom con nuestra cámara de fotos para capturar una imagen de ese minúsculo pez de coral. Claro, que todo puede venirse abajo rápidamente, con los periodos de carga, los tirones o el extraño comportamiento de algunas especies: los tiburones no tienen ningún interés en comernos a nosotros ni a ninguno de los otros peces. Ver cómo en la vista en tercera persona atravesamos las algas con nuestro cuerpo y que al mismo tiempo éstas se apartan para que pase LA CÁMARA, tampoco ayuda. Al final, con aquello de favorecer el estado de relajación casi zen, se elimina la verosimilitud de un entorno que, si se hubiera hecho bien, habría derivado en una obra más interesante y con más que ofrecer.

endlessocean-05Si al final el castillo de naipes no se desmorona, buena parte de responsabilidad recae en la fantástica banda sonora, llena de bellísimas adaptaciones de clásicos folklóricos neozelandeses. La voz de Hayley Westenra, protagonista indiscutible de una OST muy acertada, se graba en nuestra memoria y, curiosamente, es uno de los aspectos que más nos hace mantener interés en el juego. Pueden pasar años, se nos olvidará la trama y ni nos acordaremos de los secretos escondidos en aquellas vetustas ruinas, pero con tan sólo volver a oír a Hayley seremos arrastrados como ratas en Hamelín, hipnotizados por su canto de sirena para ir directos al fondo de Manaurai, volviendo a esa gymnopédie acuática, aunque sea con nuestros desconchados recuerdos.

Endless Ocean, al final, se agota rápidamente. Y se agota porque se conforma con lo que es demasiado pronto: un juego que sólo hace bien una cosa. Todo lo que se aparte de la exploración y de la búsqueda de esa inmersión relajante y libre acaba en fracaso o está hecho con desgana. Es fácil encontrar reticencias en propuestas como éstas, cierto. Al fin y al cabo están dirigidas a un público distinto al tradicional, pero no deja de tener cierta frescura oculta entre un mar de cosas bobas o ridículas. Si extraemos lo positivo y nos quedamos con su Hayley, sus corales, sus peces payaso y sus leones marinos juguetones, quizá hayamos encontrado lo que tanto andábamos buscando: una verdadera alternativa a la descarga de adrenalina. Manaurai, quizá, no enamora como debiera, pero desde luego las horas que pasamos bajo su cálido abrazo y su voz susurrante no se pueden considerar perdidas, aunque a veces no lo queramos reconocer.

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Artículo publicado originalmente el 23/06/2014 en Pixel Busters

 

 

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