Endless Ocean

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‘Gimnopédie’ acuática

Entre las cosas más saludables que puede hacer el usuario habitual de videojuegos, ése que empieza uno en cuanto termina otro, como el que se enciende un cigarro con la colilla aún incandescente del que acaba de consumir, está acercarse a propuestas que, en principio, no parecen destinadas a él. Endless Ocean (Arika, 2007) puede ser ese juego apestado, propio de casual gamers, al que jamás te arrimarías ni para insultarle; o bien puede ser ese elemento desintoxicador que, entre triple A y triple A, te haga redescubrir que los videojuegos pueden ser una cosa sencilla y agradable, sin mayores pretensiones. Lo que se propone al jugador no es que se desvíe de su camino. Endless Ocean ni siquiera es un sopapo a nuestros prejuicios, y no lo es porque tampoco tiene argumentos para serlo. Todas las críticas negativas que se le han realizado tienen buenas razones que las respaldan, pero si somos sinceros, aquél que no se haya dejado llevar ocasionalmente por sus cantos de sirena, o no tiene corazón, o miente como un bellaco. «Siéntate y agarra el wiimote, no te voy a pedir mucho más», parece decirnos nada más arrancar, y la verdad, no se puede decir que no lo cumpla.

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Beat the Beat: Rhythm Paradise

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Que el ritmo no pare

Escondido tras una vorágine de títulos donde la trama y el trasfondo juegan un papel fundamental, donde los objetivos siguen una elaborada línea argumental, donde la princesa te grita desesperadamente que la rescates y el planeta agoniza bajo una despiadada invasión, se encuentra la más pura mecánica. Y en un rincón, escondida entre todas esas obras, sobresale Rhythm Paradise: la saga de videojuegos en la que no tienes una misión concreta ni los acontecimientos te encaminan por senderos inexplorados, simplemente sigues el ritmo porque es lo que mola.

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